Virginia Ameztoy: «Cultivo plantas porque te entra la curiosidad de aprender»

Virginia Ameztoy cultiva su propio índigo para tintar. Fotografía Virginia Ameztoy

Virginia Ameztoy: «Cultivo plantas porque te entra la curiosidad de aprender»

Virginia Ameztoy cambio la serigrafía por el teñido y estampado con plantas naturales

Amaia Núñez Yarza

La naturaleza está llena de colores. Virginia Ameztoy lo traslada a todos sus trabajos, desde fulares hasta bolsos, ya sea con la estampación botánica o a través de los colores que ofrecen las plantas. Su vocación siempre ha estado relacionada con ese mundo, aunque fue hace una década cuando decidió cambiar los tintes industriales por los procesos para plasmar los colores que ofrece de la naturaleza en sus trabajos.

De joven, Virginia Ameztoy se iba a la cama con libros de arte. «Me encantaban. Era lo que más me gustaba», recuerda. En una familia donde el arte se respiraba cada día, hija del pintor Vicete Ameztoy, creció en Etxe-Ondo, el caserío familiar donde los hermanos Ameztoy fundaron la marca, hoy en día de mallots, como una «empresa pequeñita de estampación textil» con los diseños que realizaba su padre. A Virginia de niña le gustaba acercarse a «salsear», «viendo cómo trabajaban, cómo hacían los fotolitos, cómo hacían los procesos, la revelación, la serigrafía y todo eso como que ya es parte de tu infancia».

Tras unos años más desconectada de ese mundo, volvió a interesarse en la juventud, mientras buscaba su lugar. Realizó un taller de serigrafía con Manolo Villa, «uno de los mejores serigrafos», y con él empezó a aprender sobre la serigrafía. En aquella época también hacía cajas, un formato en el que dar rienda suelta a su creatividad. «Dentro creas como una especie de montaje, de collage, de objetos, puedes hacer un escenario… puede ser muy surrealista o como tú quieras», explica, «hay muy pocos artistas que se dedican a ello».

Su padre era uno de ellos y Virginia comenzó a probar también, lo que le sirvió para hacer su primera exposición en el Café Iruña de Tolosa con 17 años. «Iba a ver la gente qué decía. Nadie hacía ni caso, pero a mí me da igual. Yo estaba experimentando y el Café Iruña me encantaba», recuerda.

Un poco más tarde decidió irse a Londres, donde encontró una formación y ambiente que todavía le encandila. Se formó en serigrafía textil y decoración de superficies, y al terminar creó con dos amigas una marca en un taller de serigrafía abandonado que recuperaron. «Al estar en Londres era muy fácil. Allí la gente está acostumbrada y siempre interesada en este tipo de trabajos. Era muy accesible. Podías ir a una tienda y aunque no te conocieran, si tu trabajo gustaba, inmediatamente se lo quedaban. Y luego tenías un montón de mercados, donde había mucha dinámica».

Tras una década en Londres, volvió hacia el año 2000, donde tuvo que empezar casi desde cero. Además de seguir creando sus propios diseños, propuso su trabajo para tiendas de museos, y cuando abrieron el Museo Balenciaga, se presentó para impartir talleres de técnicas de estampación animada por su pareja. «Las telas de Balenciaga se estampaban de esa manera, a mano, con serigrafía, y era un poco el mismo proceso y el mismo concepto». Desde entonces, compagina la labor formativa con la producción.

Su trabajo siempre ha sido de forma artesanal, aunque dió un giro hace siete años al pasar de los tintes sintéticos a los naturales. Antes ya le interesaba «mucho» el mundo botánico y conociendo los riesgos para la salud de los materiales sintéticos, decidió pasar a los tintes naturales. «En realidad, los tintes naturales se han utilizado hasta finales del siglo XIX. A partir de la Revolución Industrial, como todo, la gente se olvidó totalmente, sobre todo en Europa», explica.

Aun así, se han mantenido en algunos lugares, como por ejemplo en Japón, donde el índigo es «riqueza cultural» y está protegido. El índigo es un azul con el que antiguamente se teñía el lino y del que proviene el azul Bergara. «Solo sé que le trajeron a un señor indio, que era el que les preparaba las cubas porque tiene un proceso muy complejo».

«Se han modernizado, han utilizado los tintes sintéticos, pero luego este tipo de procesos artesanales, los han conservado muy bien. En Inglaterra también, no tanto los tintes naturales; pero sí, por ejemplo, las técnicas de estampación, en el textil y la tejeduría, y todo eso lo han conservado muy bien. Ese patrimonio lo han sabido conservar y lo mantienen en las escuelas. Muy basado en las Bellas Artes también, en la pintura, en la escultura, y trasladado al textil».

En cambio, opina que aquí «no hay un escenario realmente atractivo para la venta de artesanía». Ella, junto con otras artesanas han solido organizar jornadas y ferias. Ahora, está preparando la apertura de una tienda que contará con un taller.




En los primeros años Virginia compraba los tintes naturales, mientras que utilizaba plantas y flores para la estampación botánica pero, con su afán de profundizar en el proceso, en los últimos años también cultiva las plantas de las que extraer el tinte, como es el índigo. No logra todo el tinte necesario, pero sigue aprendiendo. «Cultivo plantas porque te entra la curiosidad de aprender, de donde se procesan… Es solo la simple curiosidad de conocer todo el proceso, aunque luego compres muchos tintes en comercios, porque no puedes producir tinte como para teñir tanto». Con las flores y hojas de las especies de su jardín o los bosques cercanos también hace estampación botánica.

Así, este año, junto con la escuela Mendigain de Zizurkil ha llevado a cabo un proyecto en el que los alumnos han podido hacer todo el proceso de extraer índigo, desde plantar la semilla, cultivar las flores y procesar las plantas para lograr el tinte. «Es lo más mágico para los niños, porque de una planta verde, sacas pigmento azul. Para poder extraerlo necesitas procesarlo. No es como con los otros tintes que lo haces por infusión».

El resultado llegó el día de la fiesta de las Escuelas Pequeñas, donde entre los diversos talleres para los alumnos, con ella pudieron teñir bolsas de tela con índigo «con lo que procesamos en la escuela y algo más que llevé de casa, por si acaso».

Ella está feliz con el cambio a lo natural. «Pasas de trabajar con tintes que es A-B-C, a de repente una cosa que estás todo el rato investigando y aprendiendo sin parar, y desde ese punto es mucho más enriquecedor», subraya. «Y los colores son una maravilla».


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